Consumo bajo presión: salarios rezagados, tarifas y más deuda familiar
Tarifas, crédito y salarios ajustados explican por qué el consumo todavía no despega con fuerza.
La recuperación económica todavía no llega con fuerza al bolsillo: ingresos ajustados, servicios caros y mora crediticia sostienen un consumo débil.
El consumo sigue siendo una de las zonas más sensibles del programa económico nacional. Al 2 de mayo, el Gobierno muestra estabilidad cambiaria, mejora de bonos y baja gradual del riesgo país, pero esa foto financiera todavía no se traduce de manera pareja en la vida cotidiana. Para muchas familias, el problema no es solo cuánto suben los precios, sino cuánto queda disponible después de pagar servicios, transporte, alimentos, alquiler y cuotas.
El último dato oficial de salarios marcó una suba de 2,4% mensual en febrero, con un avance interanual de 35,8% y una mejora acumulada de 5% contra diciembre de 2025. La cifra quedó muy cerca de la inflación, pero no alcanza para recuperar de manera clara lo perdido en meses anteriores, sobre todo en hogares con ingresos fijos o empleos informales.
La tensión se nota en el crédito. La mora en préstamos a hogares pasó de 2,8% en diciembre de 2023 a 10,6% en enero de 2026, en un contexto de tarifas más altas, menor peso de subsidios y salarios que no siempre acompañan el ritmo de gastos básicos. Ese deterioro muestra que parte del consumo reciente se sostuvo con endeudamiento, pero también que muchas familias empiezan a encontrar un límite para pagar.
El dato es importante porque la economía no se mide solo por reservas o bonos. Si los hogares usan más ingresos para servicios, tarjetas, préstamos y alimentos, queda menos margen para ropa, electrodomésticos, salidas, turismo, refacciones o consumo comercial. La recuperación, entonces, puede verse en algunos sectores productivos, pero no necesariamente en los mostradores de los barrios.
Para el Gobierno, la apuesta sigue siendo que la baja de inflación y la estabilidad cambiaria ordenen expectativas. El problema es el tiempo social de esa recuperación. Un salario puede dejar de caer, pero si viene de una pérdida fuerte, el alivio tarda en aparecer. Lo mismo ocurre con el crédito: cuando sube la mora, los bancos y financieras endurecen condiciones, y eso también enfría la demanda.
En ciudades patagónicas, el cuadro tiene matices propios. El costo de vida es más alto, las distancias encarecen transporte y logística, y el gasto en servicios pesa fuerte durante buena parte del año. En Chubut, esa realidad cruza a empleados públicos, petroleros, comercio, monotributistas y trabajadores informales. Cada aumento en combustibles o tarifas termina bajando al precio final de alimentos y servicios.
El comercio minorista mira estos datos con preocupación. Aunque haya mayor calma financiera, la venta diaria depende de que el consumidor llegue a fin de mes con algo de resto. Si el salario se usa para cubrir deuda y gastos fijos, la recuperación del consumo queda lenta, desigual y muy atada a promociones, cuotas o descuentos.
El escenario de mayo combina, por eso, dos velocidades. Una macroeconomía que busca mostrar orden y un bolsillo que todavía reclama aire. Esa distancia es la que marca el pulso social de la economía argentina.