Lizzie Borden: el crimen sin resolver que volvió a inquietar a Estados Unidos 134 años después
La nueva serie de Netflix reabre un expediente de 1892 marcado por pruebas circunstanciales, prejuicios sociales y una absolución todavía discutida.
El 4 de agosto de 1892, Andrew Borden y su segunda esposa, Abby, fueron asesinados dentro de su casa de Fall River, Massachusetts. Él apareció sobre un sofá con once heridas producidas por un objeto cortante; ella fue encontrada en una habitación del piso superior y recibió alrededor de 18 golpes. Lizzie Borden, hija de Andrew e hijastra de Abby, quedó rápidamente bajo sospecha porque permanecía en la vivienda junto con la empleada doméstica Bridget Sullivan. La investigación, realizada con métodos forenses todavía rudimentarios, nunca logró identificar de manera concluyente el arma ni reconstruir todos los movimientos ocurridos entre las dos muertes. Esa combinación de violencia, intimidad familiar y preguntas abiertas convirtió el expediente en uno de los casos criminales más conocidos de Estados Unidos.
Lizzie fue arrestada el 11 de agosto de 1892 y enfrentó el juicio recién en junio de 1893, una precisión que corrige la fecha incluida en algunos resúmenes del caso. La fiscalía presentó indicios como sus versiones contradictorias, un intento atribuido de comprar ácido prúsico antes de los crímenes y el testimonio de una amiga que la vio quemar un vestido días después. Sin embargo, parte de ese material quedó fuera del proceso y la acusación no pudo mostrar sangre en su ropa, encontrar un arma vinculada de manera indiscutible ni establecer un motivo definitivo. El jurado, compuesto exclusivamente por hombres, la declaró inocente el 20 de junio de 1893. Nadie más fue juzgado y los homicidios permanecieron oficialmente sin resolver.
La absolución judicial no terminó con las sospechas. Lizzie regresó a Fall River, se mudó con su hermana Emma a una residencia más amplia y vivió allí hasta su muerte, en 1927. Su posición social, su condición de mujer soltera y las ideas victorianas sobre la feminidad influyeron tanto en el juicio como en las interpretaciones posteriores. Para una parte de la sociedad, resultaba difícil imaginar que una mujer de su clase pudiera ejecutar un ataque de semejante brutalidad. Para otros, esos mismos prejuicios le permitieron evitar una condena. La falta de una explicación alternativa convincente alimentó una sentencia popular distinta de la judicial, reforzada por una canción infantil que le atribuyó 40 golpes contra su madrastra y 41 contra su padre, cifras que no coinciden con los registros.
El expediente conserva su fuerza porque reúne elementos propios de una novela policial: una casa con pocos ocupantes, dos asesinatos separados por más de una hora, relaciones familiares tensas, horarios discutidos y evidencia incompleta. Andrew era un empresario con patrimonio, pero tenía fama de austero, mientras sus hijas cuestionaban decisiones económicas que beneficiaban a familiares de Abby. La investigación también recibió críticas por la deficiente preservación de la escena y por procedimientos que hoy resultarían inadmisibles. La Sociedad Histórica de Fall River conserva fotografías, textiles, documentos judiciales y la supuesta herramienta examinada durante el caso. Ese archivo permitió revisar las teorías durante décadas, aunque ninguna investigación posterior logró demostrar quién mató al matrimonio Borden ni resolver las contradicciones centrales.
La cultura popular transformó esas dudas en una fuente constante de ficción. El caso inspiró libros, obras teatrales, óperas, canciones y producciones audiovisuales que presentaron a Lizzie como una asesina calculadora, una víctima del ambiente familiar o una figura rebelde frente al orden patriarcal. Elizabeth Montgomery la interpretó en una película televisiva de 1975, Christina Ricci encabezó otra versión en 2014 y Chloë Sevigny protagonizó en 2018 una reconstrucción que imaginó una relación entre Lizzie y Bridget Sullivan. Esas adaptaciones llenaron con especulación los espacios que dejó el expediente. No existen pruebas históricas concluyentes de un romance entre ambas mujeres ni de varios abusos representados en pantalla, por lo que esas tramas deben entenderse como decisiones narrativas y no como hechos comprobados.
El interés volvió a crecer con “Monster: The Lizzie Borden Story”, cuarta entrega de la antología creada por Ryan Murphy e Ian Brennan, estrenada por Netflix el 17 de septiembre de 2026. Ella Beatty encarna a Borden en una producción que relaciona su historia con debates sobre violencia femenina, poder y construcción pública de los criminales. La serie toma libertades dramáticas y vincula el relato con Aileen Wuornos, interpretada por Sarah Paulson, una asesina serial condenada un siglo después. Más allá de las críticas a ese enfoque, el estreno confirmó la vigencia del misterio: Lizzie fue absuelta, pero la ausencia de otro culpable, las limitaciones de la investigación y la posibilidad de múltiples lecturas mantuvieron el crimen abierto en la memoria colectiva durante 134 años.
