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Cómo la lengua permitió que los animales dejaran el mar y vivieran en tierra

Investigación repasa cómo la lengua permitió el tránsito del agua a la tierra y moldeó funciones vitales como alimentarse y articular sonidos.

Redacción
Por Redacción
07 de July de 2026 3 min de lectura
Cómo la lengua permitió que los animales dejaran el mar y vivieran en tierra

Cuando los antepasados de los vertebrados comenzaron a abandonar el agua hace cientos de millones de años, se enfrentaron a un problema elemental: el alimento ya no flotaba. En el agua, la mayoría de los peces capturaban presas por succión, expandiendo la boca y la garganta para arrastrar agua y con ella la comida. En tierra, la gravedad obligó a levantar y empujar la materia hacia la boca. Para resolverlo, la musculatura que existía en los peces se transformó en una estructura capaz de sacar, atrapar y conducir presas: la lengua. Esa adaptación básica abrió la puerta a múltiples soluciones morfológicas y comportamentales que, con el tiempo, diversificaron las formas de alimentarse en el medio terrestre.

La lengua evolucionó desde una herramienta simple para introducir alimento hasta un órgano con variadas especializaciones según el nicho ecológico. En herbívoros se modificaron papilas para agarrar y recortar hierba; en nectívoros se desarrollaron extensiones altamente móviles para alcanzar néctar; en depredadores surgieron superficies ásperas o pegajosas para capturar presas. Entre los mamíferos, la lengua adoptó una compleja arquitectura de fibras cruzadas que funciona como un hidrostato muscular: al cambiar su forma sin un hueso interno, permitió movimientos finos dentro de la boca, esenciales para posicionar el alimento entre los dientes y empujarlo hacia la faringe. Esa complejidad motora fue clave para aprovechar nuevos recursos alimentarios en tierra.

Además de manipular y transportar comida, la lengua asumió funciones sensoriales cruciales. En reptiles y algunos mamíferos, la bifurcación lingual sirve para detectar señales químicas en el ambiente y orientar rastros; en serpientes esa información llega al órgano de Jacobson. En humanos y otros mamíferos, las papilas gustativas discriminan sabores y contribuyen a elegir alimentos; la coordinación de la lengua con la mandíbula posibilitó masticar con eficiencia. Cuando ese control falla —por derrames, enfermedades neurológicas o cáncer— la deglución se complica y aumentan los riesgos de aspiración y neumonía, problemas que ponen en riesgo la vida. La función sensorial y motora de la lengua resulta esencial para la alimentación segura.

La diversidad extrema de lenguas —desde la prensilidad de la jirafa hasta la rapidez pegajosa de una rana— muestra que la evolución operó mediante variaciones locales que favorecieron a individuos con mejores respuestas al desafío terrestre. En aves, por ejemplo, algunas especies desarrollaron estructuras rígidas o huesos en la lengua para manipular semillas; en mamíferos se priorizó la flexibilidad muscular que permitió también la articulación de sonidos. Ese abanico funcional explica por qué la lengua puede servir para cortar, oler, detectar temperatura, limpiar o producir vocalizaciones complejas. A pesar de un origen común, las soluciones morfológicas resultaron muy diversas según la ecología de cada especie.

Comprender la mecánica y la historia evolutiva de la lengua aporta vías de aplicación clínica y paleontológica. Reconstrucciones anatómicas y estudios de biomecánica ayudan a mejorar tratamientos para la disfagia y orientar terapias de rehabilitación en pacientes con pérdida de función. En paleontología, la presencia de adaptaciones linguales en fósiles y la correlación con estructuras craneales permiten inferir dietas y comportamientos de especies extintas. La lengua no fue solo una solución para comer fuera del agua: permitió nuevas formas de interacción con el entorno y contribuyó a la radiación adaptativa de los vertebrados terrestres.

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07/07/2026 Fecha de publicación
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