Los giros de Trump y las dudas sobre poner fin a la guerra con Irán
El cambio sobre el peaje en Ormuz y su rápida reversa muestran la falta de estrategia para cerrar el conflicto con Irán.
El lunes 13 de julio el presidente de Estados Unidos anunció la reanudación de un bloqueo naval contra puertos iraníes y propuso cobrar un recargo del 20% a la carga que transite por el estrecho de Ormuz. La medida, publicada en su red social, buscó financiar lo que definió como “la tarea de garantizar seguridad” en una de las rutas petroleras más estratégicas del mundo. La reacción internacional fue inmediata: aliados y organizaciones navales recordaron que esas aguas son una vía internacional y cuestionaron la legalidad práctica de imponer un peaje; esas críticas incluyeron objeciones diplomáticas y legales que pusieron en duda la viabilidad operativa de la medida. La arremetida aumentó la tensión regional y provocó una fuerte suba del precio del petróleo en la jornada siguiente.
Menos de 24 horas después el mandatario dio marcha atrás: sustituyó la tasa por “acuerdos comerciales y de inversión” con países del Golfo, y presentó la reversa como fruto de conversaciones productivas con líderes regionales. Ese vaivén quedó en evidencia cuando la Casa Blanca y el Centcom anunciaron una reanudación del cerco contra buques vinculados a Irán, mientras se multiplicaron ataques a objetivos iraníes por aire y mar. El breve anuncio del peaje y su rápida anulación mostraron, según analistas, un déficit de estrategia clara y coordinación entre el Ejecutivo, su cancillería y los socios en la región, algo que complicó la respuesta conjunta y aumentó la incertidumbre entre los aliados.
El episodio además enterró, al menos por ahora, las expectativas que despertó un memorando de entendimiento firmado semanas atrás que pretendía garantizar un cese temporal de hostilidades y abrir negociaciones. El documento, vago en puntos clave como el rol de Irán en la supervisión del paso por Ormuz y con promesas de inversiones multimillonarias, dejó margen para interpretaciones contrapuestas sobre obligaciones y verificación. Con el alto al fuego resquebrajado, tanto Estados Unidos como Irán volvieron a recurrir a ataques puntuales y a exhibir resultados militares, aunque ninguno logró resolver políticamente la disputa central: quién controla la vía y bajo qué condiciones.
Las razones del presidente para evitar una escalada mayor son mixtas. Por un lado, enfrenta desgaste político doméstico y el riesgo de que una subida marcada del precio de la energía arruine la recuperación inflacionaria que lo favorece de cara a las elecciones de medio término. Por otro lado, cerrar la guerra sin obtener concesiones comparables o mejores que las negociadas por gobiernos anteriores le resulta políticamente costoso. Expertos en política exterior calificaron la guerra como una “guerra de desgaste”: militarmente EE. UU. logró objetivos puntuales, pero políticamente la solución final quedó distante y las amenazas iraníes a bloquear Ormuz persistieron.
Frente a ese panorama, las opciones se reducen a dos vías con alto costo: una escalada militar que busque neutralizar capacidades iraníes en profundidad, lo que implicaría costos económicos y riesgos regionales; o una negociación que exija concesiones duraderas pero difícilmente verificables, que muchos aliados contemplan con recelo. La reversa sobre el peaje expuso además una debilidad comunicacional del gobierno y dejó en evidencia que los incentivos ofrecidos —inversiones y acuerdos comerciales— no alcanzaron para sostener un marco de seguridad creíble. Mientras tanto, el bloqueo y los ataques recientes mantienen viva la pregunta central: quién tendrá más paciencia en una contienda que ya cumplió más de cuatro meses.